martes, 20 de marzo de 2018

Me emociono luego aprendo

Seguramente habréis escuchado esta expresión muchas veces. Efectivamente emocionarse lleva implícito un aprendizaje puesto que se queda grabado en nuestra memoria a largo plazo. Esto es, para que un contenido se consolide en nuestra memoria debe estar asociado a una emoción.

Pasamos toda la vida aprendiendo infinidad de detalles que con el paso del tiempo olvidamos. No obstante, cuando una situación despierta alguna de nuestras emociones hace que la unión de neuronas (sinapsis) pueda llegar a ser tan fuerte que perdure el resto de nuestra existencia.

Profesores y padres debemos apoyar a nuestros hijos y alumnos no solo a mejorar  a nivel académico sino que además tenemos que enseñarles a expresar lo que piensan, cómo lo sienten y hacerlo a través del lenguaje.  Este es el futuro de la educación.

El término inteligencia emocional se popularizó a través del libro, con el mismo nombre, del periodista y psicólogo Daniel Goleman. Goleman, define la Inteligencia Emocional como “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las emociones, en nosotros mismos y en nuestras relaciones” (Goleman, 1995).

Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Nacemos con estas estrategias o las debemos aprender y desarrollar durante nuestra vida? Queremos que nuestros hijos y  alumnos tengan confianza, sean curiosos, tengan autocontrol, se relacionen con los demás de manera positiva, cooperen y sean buenos comunicadores pero, volviendo a la pregunta anterior: ¿Se nace o se hace?

Para esta pregunta la respuesta es: ambas. Nosotros adquirimos muchas, pero las podemos mejorar a través del entrenamiento. Este entrenamiento se basa en conocer nuestras emociones y sentimientos, conocer a  los seres que nos rodean en nuestro entorno más inmediato y en última instancia, aprender a gestionarlas convirtiéndonos así en seres empáticos y con alta autoestima.

Trabajar la educación emocional con nuestros hijos y alumnos es sencillo. Hay que plantearles situaciones en las que deban reflexionar y fomentar así el pensamiento crítico que les ayudará a resolver los conflictos que se les presente en el futuro. En ocasiones damos por supuesto que se conocen a ellos mismos pero en la gran mayoría de  situaciones no son capaces de identificar las  emociones a las que se enfrentan en un momento determinado. 

Primero, por lo tanto, debemos ponerle nombre a las emociones. Podemos prepararles una plantilla con imágenes que se refieren a éstas que podrán ir cambiando en función de sus estados de ánimo. Hay que  ofrecerles la oportunidad de mover el marcador  en el sentimiento que están experimentando en cada momento puesto que éstos están  en constante cambio.  Seguidamente, es importante que conozcan a las personas que les rodean para  poder comprender más adelante cómo se sienten. Es interesante que tengan la oportunidad de ver las plantillas de los demás para también ser conscientes de que  los sentimientos de las personas que les rodean cambian  y  que podemos ayudarles a sentirse mejor.

Otra sencilla actividad puede ser escribir notas positivas a  las personas con las que convivimos. Todo el mundo aprecia un gesto así y nos ayuda  a ganar autoestima, confianza y  refuerza nuestro sentimiento de pertenencia a un grupo.

En última instancia hablaríamos de la capacidad para regular nuestras emociones.  Cuando un niño sufre un arranque emocional no podemos pedirle que se calme si no le hemos enseñado a hacerlo. Cuando ya conocen las emociones, les pueden poner nombre, saben identificarlas en situaciones en las que ya las han experimentado, pueden tener el control para bloquear las que les hace sentir mal y cambiarlas por una que les produzca calma. Ayudarles a buscar la solución a conflictos a través del debate también es una buena técnica de entrenamiento. Y, por supuesto, debemos ser siempre el mejor ejemplo para ellos.

Buscamos una  educación holística que prepare a los niños para ser adultos emprendedores, que sepan trabajar en equipo, con alta autoestima, con  habilidades sociales, empáticos y con estrategias que les ayude a ser en su futuro unas personas competentes.

Por ello, la educación emocional debe formar parte de nuestro día a día. Para que esto sea así se necesita la implicación de padres y profesores.

Y tú, ¿te conoces ya?

Cristina Paredes
Profesora de Lengua